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Una niña gitana de ocho años agoniza hasta su muerte atropellada por una puerta metálica

Juan de Dios Ramírez-Heredia Montoya – Abogado y periodista – Unión Romaní – 3 de diciembre de 2021

Sé muy bien que este titular puede causar una cierta repulsa porque puede parecer sensacionalista. Y tal vez lo sea, pero créanme, no encuentro mejor manera para denunciar este dramático suceso.

La gitanita, ¡ocho años, no se olvide!, estuvo agonizando durante más de 20 minutos porque la pesada puerta metálica le aplastó la columna vertebral. Murió de asfixia y hemorragia interna.

     Hasta aquí la noticia. Que no es peor que muchas otras que hemos conocido últimamente en las que los niños inocentes son víctimas de la ceguera o el odio de los mayores, que se ceba en los cuerpos indefensos. Niños y niñas muriendo de frio y de hambre en las fronteras de los países que no les dejan entrar, o ahogados en las aguas del Mediterráneo, como le sucedió a Aylan un pequeño niño sirio de tres años que falleció junto a su hermano Galip, de cinco, y su madre, Rihan. Se ahogaron frente a las costas de Turquía cuando naufragó la pequeña embarcación que los transportaba.

Pero esto, con ser trágico, no es lo más grave

     Efectivamente, lo que es verdaderamente gravísimo, inhumano y condenable es que hasta siete personas pasaran por delante de la pobre niña que se moría aprisionada por una pesada puerta metálica y no hicieran ni siquiera el gesto de ayudarla a salir de aquella terrible trampa. Cuando tuve noticia de la tragedia y me enviaron el vídeo que da testimonio de la horrible escena de la agonía de la niña, confieso que no tuve el valor de reproducirlo. Mi capacidad de sufrimiento tiene un límite y no me vi con fuerzas de ver las imágenes que el video encerraba. Al final, pasadas unas horas me enfrenté a la terrible realidad de la película.

     La niña se llamaba Olga y su trágico final fue grabado por la cámara de seguridad de la fábrica de Keratsini, suburbio situado en el puerto del Pireo, donde la niña entró. Al día siguiente por la noche, la cadena de televisión Star TV emitió un reportaje en el que aparecen varios trabajadores de la fábrica mostrando una indiferencia sin precedentes. Nadie hizo nada para ayudar a la niña a salir de su aprisionamiento. Es más, en algún momento, un trabajador se acercó a la niña con el fin de ver si estaba viva o muerta.

     Hay un hecho de especial relevancia que a mí me suscita una grave incógnita. La cámara de seguridad de la fábrica dice que a las 18.31 entró un camión en el recinto de la fábrica, para lo cual se tuvo que abrir la puerta metálica que tenía a la niña aprisionada contra la pared. Lógicamente, el cuerpo de la niña se desplomó en el suelo. No queda nada claro si el conductor la vio. Lo cierto es que tres minutos más tarde, a las 18.34, la puerta se volvió a cerrar quedando la pequeña Olga aprisionada por segunda vez.

     La cadena de televisión TVXS ha publicado un video tomado de la filmación realizada por las cámaras de seguridad, —por cierto, de malísima calidad—, en el que resulta muy difícil identificar a las personas que atravesaban la nave en la que se ven dos camiones aparcados cuya parte trasera parece que invaden otras tantas puertas. No obstante, la cadena informativa ha realizado un magnífico trabajo reelaborando un video, con figuras humanas simuladas en 3D, donde se da cumplida información de cómo se sucedieron los acontecimientos. Sobre todo, queda clarísima la secuencia en que la puerta se abre, entra el camión, y automáticamente tres minutos después, la puerta se vuelve a cerrar aprisionando por segunda vez a la pobre niña. Objetivamente podría afirmarse que el conductor del camión no pudo ver el cuerpo de Olga caído en el suelo, porque estaba en la parte opuesta al volante del conductor.

Hasta aquí la descripción de los hechos

     En Grecia se ha producido un serio debate sobre sobre las graves acusaciones que unos y otros se echan en cara. Una de las presentadoras de un programa de televisión, conmovida, no ha podido retener unas lágrimas al iniciar la información. Sin embargo, hay que valorar que la familia de la niña ha manifestado sus dudas sobre si hubo un motivo racista detrás de la indiferencia de los trabajadores.

     Pero llueve sobre mojado. El recuerdo reciente de las agresiones que hemos recibido en aquel maravilloso país justifica las dudas de la familia de la niña muerta. Los gitanos griegos recuerdan el ataque multitudinario que sufrieron en la localidad de Etolikon, en el oeste de Grecia. Según confirmó la Policía, unos 70 habitantes de este pueblo, muchos de ellos encapuchados, atacaron un barrio habitado por gitanos: incendiaron seis viviendas y cuatro vehículos. Según los medios locales, en la agresión participó un grupo de militantes del ilegalizado partido neonazi “Amanecer Dorado”, entre ellos el en aquel momento diputado Konstantinos Barbarusis.

     Por cierto, tal como publicamos el año pasado, la justicia griega tomó la trascedente decisión de meter en la cárcel a Nikolaos Michaloliakos, y con él a la banda nazi y fascista, que durante los últimos diez años ha llevado al país donde nació la democracia a lugares peligrosísimos en los que la violencia y el terror se enseñoreaban en los barrios más humildes.

Donde no existe la compasión solo reina la barbarie

     La compasión, dicen los psicoterapeutas más acreditados, “es un comportamiento dirigido a eliminar el sufrimiento y a producir bienestar en quien sufre. Es fundamental para lograr la calma y el bienestar y potencia nuestras relaciones sociales.”

     Cuesta trabajo imaginar que unas personas puedan permanecer insensibles ante el sufrimiento de una niña —da igual que sea gitana o gachí, negra o amarilla— que sufre crueles espasmos porque no puede respirar a causa de una plancha metálica que le aprisionaba el cuerpecito contra el marco de la puerta.

     Lo que me hace pensar que la desgracia ocurrida en la fábrica de Keratsini, situada en el famosísimo puerto de El Pireo, podría haberse evitado si quienes vieron el sufrimiento de la niña hubieran tenido un gesto de compasión.

     Pero no lo tuvieron, porque los demonios, aunque algunos tengan forma de seres humanos, jamás deberían salir del fuego del infierno.

Barcelona también es cuna del Flamenco

Juan de Dios Ramírez-Heredia Montoya – Abogado y periodista Unión Romaní, 17 de noviembre de 2021

Como casi siempre me debato al empezar a escribir mis comentarios, que por lo general me salen más largos de lo aconsejable, entre profundizar sobre el conocimiento científico que pueda tener de los temas que trato, o bien dejarme llevar por mis vivencias personales de esos mismos temas, suponiendo que las tenga. Y eso es lo que me sucede en este instante. Hoy se celebra el aniversario del reconocimiento por parte de la UNESCO del “Flamenco como patrimonio inmaterial de la humanidad” y es obligado que plasme en un par de folios lo que ese hecho me inspira. Pues bien, vamos a ello.

   Intencionadamente he titulado este comentario atribuyéndole a Barcelona el papel indiscutible que le corresponde como plataforma de lanzamiento y divulgación de este arte tan singular. Y lo hago desde el conocimiento directo que he tenido a lo largo de mi vida de la realidad flamenca de Barcelona.

   Un día, allá por el año 1971 —aún faltaban cinco años para que Franco muriera— yo tenía veintitantos años, cuando Juan Manuel Soriano, jefe de programas de Radio Nacional de España, me invitó a que creara y presentara un programa de radio sobre cualquier tema que yo conociera. Le manifesté mi incapacidad, por desconocimiento, para llevar a cabo tan sugestivo ofrecimiento. No obstante, le dije que del único tema del que me veía con ánimo de opinar era de “Flamenco”. Y lo podía hacer poque desde mi infancia había vivido en ese ambiente. Se sorprendió cuando le dije que era sobrino carnal de “La Paquera de Jerez” y primo directo de Antonio Núñez “El Chocolate” y de “Pansequito del Puerto”. Luego, con el tiempo, nacerían mi sobrino “Juanillorro” (q.e.p.d) cuya personalidad cantaora me evoca la figura de Manuel Torre y mi sobrina Salud Heredia cuyo baile es como un manojo de mimbres canasteros capaces de dibujar en el aire la mejor canasta gitana que pudiera entretejer nuestra abuela María.

Y así nació mi “Crónica Flamenca”

   Fue un espacio radiofónico de media hora diaria que se mantuvo en antena durante diez años continuados. Algún día me animaré a escribir la historia de ese programa de radio que era un testimonio vivo y poderosísimo de la fuerza del Flamenco en Barcelona. Decenas de miles de oyentes sintonizaban cada día un programa de Flamenco puro, riguroso en el tratamiento y con la seriedad con que deben analizarse las manifestaciones culturales de un pueblo. En mi “Crónica Flamenca”, portavoz de la afición flamenca repartida por toda Cataluña, no estaban permitidas expresiones tan populares, como bien intencionadas, como decir “¡Viva la mare que te parió!”. Yo era consciente de que tenía que transmitir a la audiencia, no solo a los gitanos y a los andaluces, sino a los miles de aficionados de los más diversos puntos de España que me seguían, la imagen de una manifestación cultural, patrimonio de todo un pueblo, que había logrado transmitir a través del cante, del baile y de la guitarra la riqueza indestructible de su cultura milenaria.

   No tardó mucho tiempo en que ese reconocimiento se hiciera patente. Se crearon muchas “Peñas Flamencas” en casi todas las ciudades importantes de la provincia. Todas pletóricas de actividad. “Crónica Flamenca”, con una unidad móvil transmitía en directo los festivales que semanalmente se celebraban en ellas. Y junto a las peñas, o mejor, antes que ellas, estaban los tablaos flamencos. Dos de ellos, Los Tarantos de la Plaza Real y El Cordobés en Las Ramblas han estado muy directamente vinculados a mi actividad profesional. De ellos me ocuparé más ampliamente otro día. Pero debo señalar dos de los espacios más sobresalientes que desde Barcelona se proyectaron en el resto de España: El primero fue la concesión del Premio Nacional otorgado por la Cátedra de Flamencología que dirigía Juan de la Plata desde Jerez. El otro fue el reconocimiento que desde La Unión (Murcia) se hizo de forma continuada de la labor didáctica y divulgadora que se difundía desde Barcelona de los llamados “cantes libres” tal como los bautizara don Antonio Chacón: Malagueñas, granaínas, tarantas, cartageneras y sobre todo mineras. Desde lo más profundo de alguna mina, Radio Nacional de España en Barcelona llevó al mundo el cante del minero que se lamenta diciendo: “Monte arriba, sierra abajo, / con mi carburico en la mano / camino del trabajico / cuando pienso en lo que gano / me vuelvo desde el tajico”.

 La Olimpiada del Flamenco

   Pero el gran boom lo dio Barcelona cuando en el año 1974 los responsables de la radio me encomendaron la organización de un gigantesco festival flamenco con el fin de recaudar fondos para un programa benéfico. Durante más de 12 horas —el espectáculo empezó a las cinco de la tarde y acabó a las cinco de la mañana del día siguiente— casi todos los artistas flamencos de España, gitanos y no gitanos sin excepción, se ofrecieron para actuar en el Palacio de los Deportes barcelonés que pudo albergar más de 10.000 espectadores. Algunos diarios publicados al día siguiente dijeron que se quedaron en la calle por no tener entrada, casi 5.000 personas. En los alrededores del Palacio pudieron verse autocares que habían traído aficionados desde Francia y sobre todo de Alemania. Pero hay más.

   La historia del Flamenco debería ser muy fácil de describir si no fuera por la controversia que su sola existencia ha provocado entre algunos historiadores, y en otros personajes no menos racistas, que nos han negado a los gitanos el pan y la sal en la creación de este arte que es patrimonio de la humanidad. La música flamenca, tal como la conocemos, es muy joven. Apenas si tiene 200 años de historia. Este término, aplicado a lo que hoy conocemos como “Flamenco” apareció en Andalucía a finales del siglo XVIII y principios de XIX. Los datos documentados con que contamos dicen que fue en 1770 cuando los gitanos dieron a conocer unos cantes y bailes que fueron lo antecedentes de lo que hoy conocemos como flamenco. Y llegados a este punto quiero recomendar a mis lectores que si quieren ilustrarse con seguridad sobre el tema que nos ocupa deben leer “Mundo y formas del cante flamenco” del que son autores Ricardo Molina y Antonio Mairena. Nunca he dudado en calificar este trabajo como “la biblia” del flamenco. Es un libro difícil de encontrar en librerías, aunque ha sido reeditado por diferentes editoriales.  La primera edición apareció en 1963 publicado por la “Revista de Occidente”

 Flamenquistas y antiflamenquistas

   Utilizo esta dicotomía por no decir “gitanistas” y “antigitanistas”. Los primeros son los que dicen que “el flamenco es de los gitanos. Los gitanos lo crearon y solo a ellos se debe su existencia”. Los segundos sostienen todo lo contrario, es decir: “el flamenco es de los gachés, y el único propietario de este arte es el pueblo andaluz. Los gitanos son sus intérpretes excepcionales —menos mal— pero no han contribuido en absoluto a su creación”.

   No entraré en mayores discusiones. Yo creo que ninguna de las dos afirmaciones es cierta en su totalidad. El Flamenco en su conjunto no hubiera sido posible sin la conjunción de diferentes culturas presentes en Andalucía desde el siglo XV. Todo ello sin desconocer que determinados “palos” del flamenco sumergen sus raíces en la más vieja tradición gitana. Siguiriya, soleá, tona y tangos constituyen la más genuina aportación genuinamente gitana al Flamenco tal como hoy lo conocemos.

   Pero no debo poner punto y seguido a este apretado comentario sin señalar a la generación del 98 donde aparecen la mayor cantidad de intelectuales que se declararon abiertamente enemigos del Flamenco y de las corridas de toros. Es de justicia sacar del grupo a los hermanos Manuel y Antonio Machado, ambos sevillanos e hijos de Antonio Machado Álvarez “Demófilo” sobradamente conocido entre los folcloristas.

   Pero el peor de todo ellos fue Eugenio Noel, escritor madrileño. Un tipo controvertido que fue religioso y del que se ha escrito que en 1913 inició su campaña antiflamenca recorriendo toda España, viajes de los que dejó escritas varias crónicas, en las que se fijó en especial en las injusticias sociales, lo que no le impidió mantener a lo largo de toda su vida una pertinaz campaña contra el flamenquismo.

   Dicen las crónicas que “Murió en la miseria en una cama alquilada de un hospital barcelonés, el 23 de abril de 1936 y que, al enviarse su cadáver a Madrid, se extravió en una vía muerta de Zaragoza, lo encontraron y fue enterrado en el cementerio civil de Madrid”.

   Murió en Barcelona, —cosas de la vida— ciudad que tanto contribuyó a que la UNESCO declarara el Flamenco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.